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¿Quién le teme a Ale Wendorff?

Por Patricia Ciriani, historiadora del arte franco-peruana.
Lima, 2019

 
A país machista, mujer fuerte. En una sociedad tan conservadora como la peruana, corresponde huir de las convenciones y enfrentar sus propios demonios y fantasías. El fanatismo religioso combinado con la obscenidad de la pornografía masiva provoca crear imágenes aludiendo a un erotismo propio, encarnado. También provoca vivir una vida libre, en las antípodas de los dictámenes sociales. La violencia física y psicológica constante a las mujeres tiene como corolario su invisibilización en la esfera pública. Es esa plaza que retoma Ale Wendorff, robando grandes superficies de pared por las calles, tomando posición y alzando la voz desde los lugares alternativos al circuito comercial de la megalópolis de diez millones de habitantes en que se ha convertido Lima.
 
El dibujo potente de Ale refleja su rabia al puritanismo consensuado de la sociedad limeña donde creció, le grita su erotismo salvaje dando forma a unas danzas de figuras monstruosas y sensuales a la vez. Cada pieza suya es la recreación de un nuevo universo contenido en los límites del formato, que funciona como un portal entre nuestros deseos escondidos y una dimensión a conquistar. Cual sea el tamaño de la pieza, la línea es tan libre y sinuosa que parece significarse a sí misma, tan dinámica que deviene abstracta, tan vigorosa que no deja de generar imágenes potentes. La figura siempre es legible a pesar del caos aparente, los gestos gráficos generan recorridos voluptuosos que remiten al universo femenino, a la naturaleza y a la vida.
 
Como usa colores alegres, pasteles, muy carnales, combinados con los tonos chillones de la cultura popular peruana, su arte nunca llegar a ser decorativo ni kitsch. Sin embargo, sus composiciones son muy audaces, demostrando la forma apasionada y a la vez metódica que tiene Ale Wendorff a la hora de abordar un nuevo soporte, usando motivos de diseño arquitectónico o construcciones monumentales que se asemejan a figuras arquetípicas, recordando la estética del arte bruto y el surrealismo. El fulgor de su pintura se impregna de conceptos filosóficos universales, rozando el simbolismo cuando se mezcla con la iconografía mitológica precolombina. Sus temas suelen abrirse un campo fuera de las normas heterosexuales y patriarcales, oponiendo una sexualidad femenina oceánica a la potencia masculina en pos de nuevos límites para ambas categorías.
 
Estos desbordes asumidos de lo femenino por encima de lo masculino se parecen a una exploración psicoanalítica donde el interior y el exterior, lo íntimo/profundo y lo superficial/universal se fusionan. No tenemos nada que temer: mientras la civilización occidental y su moderno han ido involucionando y la pareja y el amor devinieron conceptos “líquidos”, Wendorff nos propone la Hípermujer con fuerza liberadora. Despierta al que se horroriza de la expresión libre de fantasías y agrada al esteta en busca de equilibrio y armonía.
 
 

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